
Sentada en un bar, un día cualquiera: mucho más que el de la calle Rodney

Texto y fotos: Marcela De Francesco, especial para Capital 24
Hay una disciplina casi militar en el acto de sentarse a solas en un café. No se trata simplemente de la sed o el descanso; es un ejercicio de observación, donde el cuerpo se vuelve una antena. Elegir la mesa - lejos de la corriente de aire, con la espalda protegida por la pared, el ángulo perfecto para ver el mundo sin ser parte de él- es el primer movimiento de una coreografía silenciosa.
Llega el café. La taza blanca, el plato con la cuchara de metal frío, el vaso de agua que siempre parece un alivio antes de la tormenta del sabor amargo, aunque lo pida con un poco de leche. Hay que mirar el vapor que sube, una columna errática que se deshace contra el techo, y entender que ahí, en esa oscilación mínima, reside todo el peso del presente.
El estilo de la soledad en público exige una renuncia, a la cual me someto cada tres días a la semana. Renunciar al teléfono, esa prótesis que nos salva del pánico de no parecer ocupados. Hay que quedarse ahí, con las manos quietas sobre la madera o el mármol, aceptando el sonido de la vajilla de otros, los fragmentos de diálogos que rebotan en el aire como libretos de cine perdidos, y el roce de los abrigos contra las sillas.
Tomar café sola es una forma de militancia personal. Es decidir que el tiempo no debe ser llenado con la presencia de un tercero para tener validez. Es el placer de sentir el calor de la taza, aunque sea verano, en la palma de la mano, la textura del azúcar que se disuelve y ese sabor que persiste en el paladar mucho después del primer sorbo.
En ese microclima, el mundo se ordena, las mozas que cruzan el salón con la bandeja en equilibrio, la luz que entra de costado y dibuja el polvillo en el aire, el sonido de la lluvia y el canto del viento que vuela rizos, gorros y bufandas. Son fragmentos de una realidad que solo se entrega a quien sabe mirar sin la urgencia de compartir lo visto.
En un costado de mi taza, el libro, ese objeto sólido. Sus páginas huelen a papel seco y a tiempo detenido, donde después de admirar las escenas de la vida cotidiana, sumerjo mi cabeza para comenzar a soñar. Leer en un café no es una huida, es un anclaje.
El texto funciona como una partitura, mientras el ojo, en un movimiento pendular y preciso, se despega del párrafo para capturar el resto. Vuelvo a observar, ahí están ellos, el hombre que lee el diario frente a un ventanal que le devuelve un reflejo cansado, la pareja que discute en susurros feroces, las manos entrelazadas como si el contacto físico fuera el último dique antes del naufragio.
Al final cuando la taza queda vacía y el círculo de borra marca el fondo, uno cierra el libro y se levanta. No es la misma persona que entró. Hay una lucidez nueva, una especie de limpieza en la mirada, el triunfo silencioso de haber habitado, por media hora, el centro exacto de la propia vida.


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