Crónica de una misa sin templo

Mientras el país ensaya el olvido, miles de fieles se congregaron en Plaza de Mayo para celebrar el legado del Indio Solari, el misterio de una devoción que no sabe de ausencias.
REGIÓN 08/06/2026

3 aPor: Marcela De Francesco

 

La neblina y el frío de junio corta la cara, pero nadie se mueve. Hay un olor espeso, una mezcla de choripán, marihuana, cerveza barata y humo que se pega a la piel y a la ropa como un bautismo tardío. La Plaza de Mayo no es el escenario de una protesta, ni el epicentro de un reclamo partidario, aunque todo lo que pasa acá sea profundamente político. Nuevamente la plaza fue un templo a cielo abierto. Fue, otra vez, la misa.

 

Para entender el fenómeno hay que mirar las manos. Manos curtidas, manos jóvenes, manos que sostienen banderas con el rostro de un hombre calvo y de anteojos oscuros, un mito viviente que decidió recluirse para cuidar a su “Mister Parkinson”, pero que sigue operando como el director de orquesta de las emociones más violentas y tiernas de la Argentina. Ser ricotera no es escuchar una banda; es una intemperie compartida. Es saber que, cuando el mundo se vuelve un lugar hostil y aséptico, hay un refugio de pibes que se abrazan sin conocerse.

 

“Vivir solo cuesta vida”, dice una remera blanca, gastada por los lavados, que viste un hombre de cincuenta años. Llora en silencio mientras que un pibe enganchado a un poste de luz canta Juguetes Perdidos.

 

Ese es el legado. Las frases de Carlos Alberto Solari no son literatura para leer en la comodidad de un sillón; son sentencias que se clavan en el pecho, consignas de resistencia para los desamparados. “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”, “ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos”, “violencia es mentir”. El Indio le dio palabras a los que la historia oficial suele dejar mudos. Construyó una épica de la marginalidad, una aristocracia del barrio.

 

La multitud se mueve como una sola marea. Hay chicas con pañuelos verdes en las mochilas, pibes de barriadas del Conurbano que viajaron en tren, militantes que entienden que la mística es el único combustible que no se devalúa. No está el Indio en el escenario. Ya no habrá pantallas gigantes anunciando Tandil, Olavarría o Gualeguaychú. Pero la misa ricotera es un milagro que prescinde de la presencia física del santo. La liturgia se autogestiona.

 

Una piba de veintipicos años, con los ojos delineados de negro y la mirada encendida, salta sobre los hombros de un desconocido. Lleva una cámara de fotos colgada al cuello, balanceándose peligrosamente al ritmo del pogo, buscando capturar ese instante de belleza pura, ese destello donde el dolor se vuelve fiesta. En sus ojos se lee la misma certeza que une a los miles que hoy llenaron la plaza: la certeza de que, pase lo que pase, nuestro amo juega el esclavo de todos. Y que este fuego, este fuego de los juguetes perdidos, no se va a apagar nunca.

 

La plaza empieza a vaciarse de a poco, dejando atrás el tendal de botellas vacías, los restos de las fogatas y esa llovizna persistente que insiste en enfriarlo todo. Pero el calor residual queda en el cuerpo, como un eco. Al final, se trata de eso: de aceptar la crudeza del viaje, de bailar a pesar de todo, aunque el suelo queme. Mientras los últimos grupos caminan hacia las avenidas buscando el colectivo de vuelta, se escucha un murmullo colectivo, un mantra que se niega a morir en el asfalto frío.

 

Porque cuando la realidad aprieta y el destino se vuelve una sombra, solo queda la orden sagrada de resistir en la pista de los desamparados. Baila negrita, baila hasta el fin; vamos, negrita, hacelo por mí. Una última caricia en medio de la tormenta, un trago largo de caña seca y un membrillo.

 

Gracias Míster, prometo seguir agitando mientras mi cuerpo se impaciente, aunque mi mente se paralice ante el miedo, yo seguiré bailando hasta el fin.

 

Fotos: Tomás Cruz y Luciana Marrero.

3 c

 

 

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