
El Flecha: el último en lustrar la historia

Por: Marcela De Francesco (texto y fotos), especial para Capital 24
Crónica de un cajoncito que no se rinde al olvido.
Allí sentado en un banquito de madera gastada por las décadas, está Flecha, el último guardián del brillo de Ensenada. Para él, el tiempo no se mide en horas, sino en capas de pomada y el rítmico golpe del paño contra el cuero.
El día empieza temprano, cuando la ciudad todavía bosteza y los trabajadores del Astillero y la Refinería pasan apurados. Flecha no necesita reloj; reconoce el pulso de la ciudad por el sonido de los pasos. Sus manos curtidas y teñidas de un negro eterno que ya no sale con jabón, son herramientas de precisión. Cuando un cliente apoya el pie en el estribo de bronce de su caja, el mundo exterior se detiene. Flecha no sólo limpia zapatos, él rescata historias.
Cada vez que bajo del micro, en la esquina de siempre, lo veo. Antes de que el motor del bondi termine de alejarse, el Flecha ya me clavó la mirada. No busca mis zapatos -que hace rato que son de lona- busca mi palabra. - ¿Y piba? -me grita con esa voz que tiene el mismo raspado que sus cepillos- ¿Cuándo me vas a hacer la nota? - Se ríe, pero hay algo de urgencia en sus ojos. Como si supiera que el tiempo no es un cuero que se va gastando y que, si no queda escrito, su paso por La Merced va a ser tan invisible como el brillo que se apaga bajo la lluvia.
No es un trabajo simple, es una coreografía. El cepillado para quitar el polvo, la aplicación de la pomada con su trapo viejo. El lustre, donde aparece la magia, el sonido es metálico, una percusión que anuncia que el brillo está llegando. “Ya no vienen zapatos como los de antes”- susurra.

Flecha es más que un lustrabotas; es parte del mobiliario sentimental de Ensenada. Es el hombre que vio cambiar las fachadas, el que conoció a intendentes y linyeras, tratándolos a todos con la misma cortesía del que sabe que, abajo, a la altura del suelo, todos los pies son iguales. El Flecha no sabe leer las noticias del diario o el celular que sus clientes sostienen mientras él trabaja. Sus manos curtidas por el frío del río, nunca sostuvieron una carta de amor, ni la mano de una mujer, pero guardan la memoria táctil de mil domingos junto a su equipo Gimnasia y Esgrima de La Plata. En su mundo, las letras son dibujos mudos y el amor es un concepto lejano, tan inalcanzable como un zapato de charol para una piba de barrio.
A medida que cae la tarde y la humedad del río se vuelve más pesada, Flecha guarda sus cepillos, cierra su caja de madera -su oficina, su compañera- y se pone de pie. Sus rodillas crujen un poco, pero su orgullo está intacto. Se va caminando despacio a la parada del 275, dejando atrás la esquina, mientras en el reflejo de algún zapato, que acaba de lustrar se proyecta, por un instante, la imagen de una ciudad que se niega a olvidar sus oficios más nobles.
Hoy finalmente la nota ya está escrita, sé que no las vas a poder leer estas líneas, pero la próxima vez que baje del micro, te voy a decir que ya está, que ahora sos eterno. Te voy a ver ahí, hablando del Lobo, con las manos negras de tanto cuidar el paso de los demás y con ese corazón que nunca fue de una mujer pero que le pertenece entero a Ensenada. Porque al final, tu vida es el único texto que la ciudad no se puede permitir olvidar.





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