
Mujeres: Si hay violencia de género, anímense a denunciar
Dudé un poco en escribir sobre esto pero a último momento algo me dijo, adentro mío, que el el tiempo de mostrar el alma es ahora: porque uno nunca sabe quién y cuándo está leyéndonos del otro lado.
Como Licenciada en Comunicación Social me siento en la obligación de poner sobre la mesa no solamente una temática que nos atraviesa a diario, sino también mi historia –o al menos un pedacito de ella- porque sé que estuve expuesta durante los últimos días.
Como mujer, me encontré en estas últimas semanas con que aunque creamos que quienes nos animamos a denunciar violencia de género estamos solas, nada de eso es así: cuando emprendemos el tortuoso y valiente camino de poner en palabras el dolor del cuerpo, del corazón y el de la cabeza, se abre una red infinita de apoyo y de bondad que estoy segura de que ni yo sabía que tenía.
Denunciar violencia de género es la punta del iceberg de un sendero sinuoso, en el que hay más pozos y arenas movedizas que tierra firme. Pero por el que debemos transitar todas las que hayan vivido o estén sufriendo esta tortura. Quiero que sepan y me siento responsable de comunicarles que lo que viene después de la denuncia no es la paz inmediata: es otra guerra. Con quienes están del otro lado esperando agazaparse para destruirnos un poco más, y por quienes deciden tomar partido en acompañarlos a dar ese paso.
Denunciar violencia de género es arar un terreno inimaginable, desgastante, ensordecedor y agobiante, pero les juro que es necesario. Cuando estamos siendo víctimas de una pareja o ex pareja, de un hombre que se siente con el poder y el derecho de atacarnos y de destrozarnos patrimonial, psicológica, económica, física, simbólica o sexualmente, nos encontramos ante una batalla que no se gana si no la damos. Y no hablo de ganar en términos de llevarnos un trofeo, sino mas bien de pelear por nuestra libertad.
Tengo que decirles que denunciar violencia de género las va a hacer sentir, a veces, desanimadas, incómodas, revictimizadas, señaladas, juzgadas y hasta muchas veces, rendidas antes de emprender la batalla. Porque nadie nos explica todo lo que viene después de pisar una comisaría por primera vez. No es un trámite placentero que se hace con todo el valor del mundo: es burocracia pura mientras tenemos el alma rota y no nos da el cuerpo para dar ni el segundo paso.
La justicia no es un sitio para ser recorrido con mucha expectativa. La mayoría das veces, los tiempos que tiene no son los que necesitamos, porque ya venimos demasiado rotas como para que nos hagan juntar esos pedacitos con la mano y mostrárselos a personas que ni nos conocen y muy pocas veces nos creen.
Pero también es necesario que sepan que denunciar violencia de género es el único camino que tenemos nosotras, las mujeres, para evitar ser víctimas de un femicidio. Porque los violentos no solo golpean con las manos o con algún objeto, sino que también lo son desde la palabra, con gritos y frases que nos destrozan el autoestima; con manipulación y sutileza; con perversión y una agudeza pocas veces vista en cualquier otro plan magistral.
En los últimos días tal vez alguna haya conocido mi cara y parte de mi historia, y hoy no puedo esconderme más. Porque sé que muchas de ustedes están todavía compartiendo un hogar con quien las descalifica, las humilla, las denigra, las golpea, las abraza y finge querer hacerles el amor. Sé, e intuyo que muchas de ustedes, no se animan a contar cuánto duele cuando se cierra la puerta de esa casa a la que ellos intentan llamar hogar, pero que nosotras sabemos que tiene cara de infierno.
Las comisarías, los juzgados, las fiscalías, los papeles, las pericias, las entrevistas con psicólogos, psiquiatras, asistentes sociales, abogados, secretarios y terapeutas no son para nada fáciles. Duelen muchísimo. Duele mucho tener que contar una y otra vez los detalles de lo que cuesta seguir pisando el fuego de los infiernos. Pero es la única forma que nos queda de impedir que las llamas no sigan consumiendo la vida. Es la única manera que existe para que la violencia de género no se nos lleve el cuerpo y el alma.
Denunciar violencia de género es aprender a tener paciencia cuando estamos agonizando entre los vestigios de la propia historia, entre los pocos pedacitos que nos quedan para armarnos de nuevo y seguir caminando para adelante, porque habrá muchos que están de la vereda de enfrente y que con poder, dinero y arrogancia, intentarán frenar nuestros pasos para interrumpirnos el rumbo. Y ahí, es cuanto más les diría: sigan. Sigan subiendo los escalones que les indiquen quienes las acompañen en el proceso, pónganse a derecho y ratifiquen lo que tengan que ratificar. Apóyense en los testigos que tengan de esa violencia, porque del otro lado habrá quienes quieran desestabilizarnos para hacernos dudar de nosotras mismas.
No crean que el camino es fácil, pero anímense a dar el primer paso. Porque lo que hay del otro lado del miedo es mucho más grande que el dolor. Detrás del tiempo que perdemos y del tiempo que nos queda, habrá siempre una red que aparece cuando decidamos saltar, cuando nos animemos a decir basta, sea la hora que sea, estemos donde estemos y nos pase lo que nos pase.
Existe una red invisible que nos apoya aunque aún no lo sepamos y de eso doy fe desde mi experiencia. No estamos solas. Y no es una frase hecha. Quienes pueden acompañarlas, les juro que lo van a hacer. Den ese primer paso, anímense a hacer la denuncia, acérquense a la Comisaría de la Mujer o a una comisaría del barrio, a una fiscalía o a un juzgado, y ustedes mismas se abrirán su propio camino hacia la libertad. Se los digo con una mano en el corazón, a mí, que me están intentando romper por todos lados. Y seguiré adelante no solamente por mi historia sino también porque hay muchas que buscaron justicia y perdieron la vida durante el trayecto.



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