
Relatos salvajes entre tinturas, planchitas y rulos

Por: Marcela De Francesco (texto y fotos), especial para Capital 24
Bajo la luz dicroica, el mundo se suspende. No es solo por el olor a tintura o el zumbido eléctrico de los secadores, que, como turbinas de avión, prometen llevarnos a un destino mejor. Es algo más denso, más profundo. Una peluquería de barrio un sábado a la tarde es, esencialmente, una sala de guardia para el alma.
Ahí estamos. Envueltas en capas de nylon negro, toallas, perdiendo la forma humana para convertirnos en bustos anónimos frente el espejo. El espejo no miente, pero el peluquero sí, y esa es la primera transacción de fe.
Pero seguimos confiando en quienes más nos conocen, y la escena se repite con la precisión de un ritual. Una mujer inclina la cabeza hacia atrás, entregando la nuca al plástico frío del lavacabezas. Es el gesto de la rendición. Mientras el agua tibia recorre el cuero cabelludo, la compuerta se abre. No se habla de puntas florecidas. Se habla de la soledad, de los hijos, del divorcio y de ese amor que florece en pleno invierno.
El peluquero escucha. Mueve los dedos con una coreografía aprendida, masajeando la angustia ajena mientras calcula el tiempo de exposición del decolorante de la otra clienta. El sabe quién engaña a quién, quién está por quebrar, quién finge la risa y quién el bienestar.
Hoy sin embargo está distinto, más solemne que de costumbre. Llamémoslo Jorge –aunque su nombre real siempre es un misterio de agenda– deja las tijeras sobre el mostrador con un golpe seco. Mira el reflejo de la clienta y, con la solemnidad de un escribano, suelta la noticia:
“Chicas, a partir de la semana que viene, voy a empezar a cobrar un bono de IOMA por la consulta psicológica. Esto ya no es solo corte y nutrición; esto es contención emocional de alto rango”.

Nadie se ríe. Porque todas sabemos que tiene razón. Las mujeres en los sillones asienten. Hay una lógica implacable en su reclamo. Si un psicólogo cobra por el silencio y el diván, ¿por qué no habría de cobrar el hombre que nos ve en nuestro estado más vulnerable, con el pelo empapado y la cara lavada, ¿mientras le confesamos que ayer lloramos en el supermercado?
Tras confesar nuestros estados de ánimo, entra el chisme. El chisme en la peluquería no es maldad; es información clasificada. Es el tejido social recomponiéndose entre el ruido del spray. Se habla en voz baja, una polifonía de susurros que compite con la radio de fondo. Todas opinan. La peluquería es el único lugar donde la democracia es total: la opinión de la que se hace el color básico vale tanto como la del tratamiento de queratina premium.
Al final pagamos. Pagamos por el brushing, la tintura, la planchita y, pronto, quizás por ese extra de atención psicológica que valide nuestras penas. Nos miramos al espejo y, por un segundo, el corte nuevo parece haber podado también los problemas.
Salimos a la calle con nuestro nuevo look, el pelo brillante y el corazón menos cargado y liviano, sabiendo que la semana que viene el mundo seguirá igual. Y que Jorge, con su tijera, secador y algo de magia, ahora sumando su planilla imaginaria de obras sociales, estará ahí para recibirnos. Porque al final una buena iluminación es lo más parecido que tenemos a una epifanía.




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